Xi Jinping, el gran timonel del Blockchain

Hace algunos años, Balaji S. Srinivasan -antiguo CTO de Coinbase y general partner en Andreessen Horowitz- desgranó en Twitter su particular visión sobre el estado actual de las relaciones entre el poder político y el mundo digital. Popularizado bajo la etiqueta “land vs. cloud” (la tierra contra la nube), el hilo original de Balaji anunciaba un profundo cambio de paradigma: si hasta entonces el principal campo de batalla de la política contemporánea se había situado en el eje derecha-izquierda, éste se convertiría ahora en una pugna entre los defensores de las anquilosadas estructuras burocráticas de los estados-nación (herederos del orden westfaliano); y los tecnólogos, aquellos que engrosan las filas de un número cada vez mayor de organizaciones económicas de base digital (mayormente corporaciones tecnológicas transnacionales, pero también incipientes comunidades criptoeconómicas) con una clara vocación globalista.

El paradigma planteado por Balaji sería rápidamente asimilado como un elemento narrativo más de la cultura cripto -junto con la ética open source, el hacktivismo, el ideario cypherpunk, el libertarianismo-; y, a menudo, utilizado como marco para el análisis de los factores económicos y políticos que a día de hoy aún obstaculizan la adopción del blockchain y las criptomonedas como alternativas viables al actual sistema financiero internacional. Algunos considerarán que “land vs. cloud” no es más que un elemento folclórico, un simple meme. Pero los constructos simbólicos pueden resultar de extrema utilidad cuando de lo que se trata es de intuir o anticipar aquello que todavía nos queda lejos -o nos lo parece.

Si el hilo de Balaji encarna, aunque sea de forma imperfecta, el ethos de una heterogénea comunidad de emprendedores y usuarios dedicados a la criptoevangelización del mundo -con el objetivo declarado de implantar un sistema monetario y financiero más libre-; la última comparecencia de Mark Zuckerberg el pasado 23 de octubre frente al Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes de los EE.UU. representa el reverso, el lado oscuro, de aquello en lo que puede convertirse esta incipiente industria. Un cambio de narrativa, un punto de inflexión, que amenaza con debilitar todos los consensos ideológicos alcanzados hasta la fecha en el seno de una comunidad relativamente pequeña, en un momento en que la tecnología blockchain se prepara para dar el salto y convertirse en un elemento de consumo mainstream.

Tras la fría acogida dispensada en julio por el mismo comité del Congreso al proyecto Libra -o “Zuck bucks”, como algunos de forma burlona denominan a la futura divisa digital del gigante de Menlo Park-, Zuckerberg decidió cambiar los argumentos de su pitch, con la esperanza de suavizar en este segundo asalto las fuertes reticencias expresadas tanto por los representantes del partido demócrata como por los del Grand Old Party. El proyecto Libra sería presentado ahora como un instrumento financiero que en modo alguno buscaría erosionar la hegemonía del petrodólar como reserva monetaria internacional, sino que, por el contrario, podría incluso ayudar a fortalecer su alcance e influencia. El diseño original de la criptomoneda -basado en una canasta de monedas y activos internacionales- sería substituido por otro en el que la colateralización recaería principalmente en la divisa oficial de los Estados Unidos. La criptomoneda, pensada para “ampliar el liderato financiero de América”, descansaría sobre una red permisionada y no pública -lo que facilitaría el control gubernamental y permitiría, llegado el caso, ejercer acciones de censura.

¿Pero cuál es el principal problema en este giro argumental respecto al paradigma “land vs. cloud” de Balaji?

Básicamente, que las ideas utilizadas para vender Libra al deep state norteamericano amenazan con resucitar viejos fantasmas del pasado. Y es que Zuckerberg, a lo largo de la audiencia, presentaría de forma explícita el proyecto como una reacción a las intenciones chinas de lanzar una criptomoneda similar, distribuida a partir de un consorcio de empresas propiedad del estado comunista. Si durante la Guerra Fría el mundo fue testigo de una carrera espacial y armamentística entre la URSS y los EE.UU, la comparecencia del fundador de Facebook permite anticipar un horizonte en el que las fricciones comerciales sinoamericanas, lejos de disiparse, irán en aumento de una forma virulenta, hasta el punto de convertirse en una batalla por la supremacía financiera y monetaria mundial -con todas las implicaciones geopolíticas que ello conlleva.

A pesar del golpe de efecto que supondría este inesperado giro patriótico del proyecto Libra, los miembros del comité no suavizarían sus posiciones. Ya sea por ignorancia o genuina antipatía, la acogida de las propuestas de Zuckerberg bascularía entre un profundo escepticismo y una abierta hostilidad. Muestra de ello sería la intervención del representante de Florida Bill Posey -un abanderado del movimiento antivacunas-, que ignorando por completo las supuestas ventajas geopolíticas que un instrumento como Libra podría proporcionar a los EE.UU., se mostraría básicamente preocupado por el papel de Facebook como defensora de la vacunación generalizada de la población.

Pero el auténtico terremoto blockchain se produciría 24 horas después, al otro lado del mundo. En un ejercicio de perfecta sincronía, como si de una respuesta explícita a los argumentos esgrimidos por Zuckerberg se tratara, Xi Jinping declararía el 24 de octubre -en una reunión del Politburó del Partido Comunista Chino- que el blockchain pasaba a considerarse, con efectos inmediatos, un elemento clave para el desarrollo tecnológico y económico del país. Un activo estratégico de tal importancia, que el gobierno dedicaría todos los recursos y esfuerzos que fueran necesarios para posicionarse como líder mundial del sector. No es difícil imaginarse lo que ocurriría luego: el valor de las principales criptomonedas se dispararía -también el de numerosas altcoins de dudosa legitimidad, pero radicadas o vinculadas de algún modo con el gigante asiático-, y lo mismo ocurriría con las cotizaciones de todas aquellas empresas chinas que guardaran la más mínima relación con la tecnología blockchain.

Los medios oficiales del régimen no tardarían en difundir los detalles de la nueva política oficial respecto a la emergente tecnología, aclarando que lo que se pretendía era acelerar los desarrollos vinculados a potenciales aplicaciones industriales -incluyendo una supuesta versión financiera del proyecto One Belt, One Road-, la posibilidad de incrementar la conectividad entre “los organismos regulatorios sociales y financieros”; y el despliegue de una versión digital del yuan, completamente controlada por el Banco Popular de China. En resumidas cuentas: una nueva entrega del ya manido “Blockchain sí, Bitcoin no”, que reincidiría en el rechazo a toda forma de especulación con criptomonedas.

A nadie sorprenderá que un régimen como el chino, obsesionado con las infinitas posibilidades que las nuevas tecnologías brindan para el control ideológico de la población -algo que ya se puso de relieve con la puesta en marcha de un sistema de crédito social-, destaque aquellas propiedades del blockchain que mejor se ajustan a sus intereses -hay quien con sorna ha rebautizado el enfoque chino de la cadena de bloques como “panoptichain”-; e ignore aquellas que realmente lo convierten en una herramienta disruptiva -la descentralización, la resistencia a la censura y la posibilidad de realizar intercambios sin la participación de intermediarios de confianza- y que podrían llegar a amenazar las bases de su poder.

Pero todo eso, ahora mismo, no nos ocupa. Lo más destacable de la declaración de Xi es que se trata de un reconocimiento explícito de que la tecnología blockchain está aquí para quedarse. La promulgación de una ley criptográfica nacional china durante la misma semana, sería un nuevo espaldarazo para una nueva narrativa que se está asentando. Que la República Popular China reniegue en público de las potencialidades de las redes blockchain públicas como Bitcoin o Ethereum no cambia absolutamente nada: son infinitos los ejemplos de corporaciones -grandes auditoría como Deloitte y bancos de inversión como JPMorgan, por citar sólo dos ejemplos- que utilizan ya sistemas blockchain permisionados en los que no intervienen criptomonedas -igual que en su día, antes de adoptar Internet, trabajarían cada uno con su propia Intranet. Estas mismas corporaciones -muchas de ellas usuarias de versiones permisionadas de Ethereum como Quorum-, han revelado planes avanzados para operar con la mainnet pública de Ethereum en cuanto las transacciones por segundo que es capaz de procesar la plataforma sean adecuadas para sus usos comerciales.

Por lo tanto, el anuncio de Xi debe ser entendido como parte de un planteamiento estratégico que se verá implementado por fases y que, con toda probabilidad, evolucionará con el tiempo. Ahora se trata de fijar un discurso oficial y limpiar, expulsar del mercado chino, a todos aquellos elementos que se consideren nocivos o supongan un obstáculo para el poder del estado (lo que probablemente entrañará un proceso de nacionalización de infraestructuras clave, como pueden ser compañías mineras y exchanges). La popularización de la tecnología en un país con 1400 millones de habitantes permitirá al gobierno comunista convertirse en un fijador de estándares, sobre todo en relación con campos en los que el blockhain aún no ha sido implantado de forma masiva (como el de la identidad). Por más que los medios oficiales del régimen hayan transmitido estas semanas la idea que lo que se abraza es una versión permisionada de dicha tecnología y que las criptomonedas son, en su mayoría, diabólicos vehículos para la ejecución de estafas; los chinos saben que el futuro, imparable, está en las redes públicas -igual que en su día sería imparable el proceso de extinción de las intranets. De ahí su potencial interés por fijar estándares en áreas críticas: y es que, si bien el futuro de la web 3.0 será inevitablemente público, el gobierno comunista tratará de moldearlo, para así adaptarlo mejor a sus propios intereses.

Finalmente señalar que, si bien son numerosos los indicios que apuntan a una nueva carrera tecnológica entre superpotencias, resulta complicado aventurar el papel que tanto Btc como Eth -los activos nativos de las dos principales plataformas blockchain públicas- jugarán en ella. El primero, limitado en origen por su tecnología a ejercer de divisa y depósito de valor, probablemente será considerado por los chinos un potencial competidor del yuan, reserva monetaria en sus áreas de influencia (algo que, en su día, también ha dejado entrever el propio Trump, que en modo alguno quiere renunciar a los privilegios de que disfruta el petrodólar). Distinto es el caso de Eth, en tanto sus propiedades monetarias no son programáticas, sino resultado de su utilidad como combustible de una plataforma de smart contracts, sobre la que se está erigiendo un auténtico sistema financiero paralelo. El hecho de no haber sido en un inicio concebido por sus creadores como dinero o como depósito de valor -aunque a día de hoy sea esa narrativa sobre Eth la dominante entre los miembros de la comunidad- parece, en retrospectiva, un completo acierto. Es probable que como paradigma de red útil alimentada por una expresión monetaria no explícita, Ethereum tenga la oportunidad de encontrar un mejor acomodo en ese futuro hacia el que el timonel Xi nos conduce.

Copywriter and spanish translator. Crypto | DeFi | Web3

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